Las Batallas
Las crisis internacionales no esperan a que las grandes potencias se pongan de acuerdo. Naciones Unidas, aparentemente, sí.
La Asamblea General de la ONU reunió, como cada septiembre, a los líderes mundiales en Nueva York, en un escenario marcado por conflictos armados, rivalidades geopolíticas y un orden internacional cada vez más fragmentado. Más allá de los discursos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuánto tiempo puede sostenerse el multilateralismo si las principales potencias continúan privilegiando sus intereses nacionales sobre las reglas internacionales?
El contraste entre Donald Trump y António Guterres sintetiza buena parte de las tensiones actuales. Mientras el presidente estadounidense defendió la fortaleza nacional, cuestionó a las instituciones internacionales y endureció su discurso frente a Irán, el secretario general de la ONU pronunció su último discurso antes de concluir su mandato el próximo 31 de diciembre. En una intervención que tuvo un carácter de despedida, Guterres reivindicó la cooperación internacional y advirtió sobre las consecuencias de un mundo en el que el poder militar pretende sustituir al derecho internacional.
Como era de esperarse, la cuestión palestina volvió a ocupar un lugar central en el debate. Sin embargo, el discurso de Netanyahu estuvo marcado por abucheos, expresiones de apoyo y la salida de numerosas delegaciones del recinto, a las que el primer ministro israelí criticó desde la tribuna. Por su parte, la intervención de Palestina tuvo que realizarse de manera virtual, después de que el gobierno de Trump negara las visas a toda la comitiva oficial. El contraste entre ambas intervenciones fue un reflejo más de las profundas diferencias que persisten en temas tan sensibles como Gaza y el reconocimiento de un Estado palestino.
Ucrania expuso otra de las contradicciones del sistema multilateral. Rusia, parte directamente involucrada en el conflicto armado, es al mismo tiempo uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho de veto, lo que le permite bloquear resoluciones sustantivas contrarias a sus intereses. La prolongación de la guerra pone de manifiesto cómo la propia estructura de Naciones Unidas puede limitar su capacidad de respuesta cuando los intereses de las grandes potencias están en juego.
Desde América Latina, Lula da Silva cuestionó la incapacidad de la organización para proteger a las poblaciones más vulnerables y planteó la necesidad de recuperar su relevancia. La región adquiere, además, un protagonismo particular ante la próxima sucesión de Guterres: conforme al principio informal de rotación geográfica, correspondería a América Latina y el Caribe encabezar la organización, en un contexto de creciente impulso para que, por primera vez en su historia, una mujer ocupe la Secretaría General.
México tampoco quedó al margen de las críticas de Trump. Al igual que Irán y Cuba, fuimos objeto de señalamientos por parte del presidente estadounidense, quien nos calificó como el «epicentro de la violencia de los cárteles». Sus declaraciones reflejan las tensiones que persisten en la relación bilateral y las complejidades que enfrenta nuestro país para defender la soberanía, el multilateralismo y la solución pacífica de controversias frente a una política exterior estadounidense cada vez más unilateral.
Si Naciones Unidas ha demostrado sus limitaciones precisamente en aquello que constituye su razón de ser —el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales—, poco sorprende que se esté quedando aún más atrás frente a desafíos que evolucionan a una velocidad sin precedentes. La inteligencia artificial, el cambio climático y las desigualdades económicas exigen mecanismos de gobernanza internacional que avanzan con demasiada lentitud. Mientras el mundo se transforma a un ritmo vertiginoso, los Estados siguen enfrentando enormes dificultades para establecer reglas comunes.
En este contexto, la reforma de Naciones Unidas, particularmente del Consejo de Seguridad y del derecho de veto, vuelve al centro del debate. La organización conserva una estructura diseñada en 1945 para una distribución del poder internacional muy distinta de la actual. Sin embargo, quienes tienen la capacidad de impulsar las reformas son, en muchos casos, quienes más se benefician del sistema vigente.
La 81.ª Asamblea General deja así una contradicción difícil de ignorar: mientras los desafíos globales exigen mayor cooperación, las principales potencias parecen cada vez menos dispuestas a aceptar límites a su poder. La verdadera prueba del multilateralismo no estará en la contundencia de los discursos pronunciados en Nueva York, sino en la voluntad de los Estados para transformar sus compromisos en decisiones concretas.




