La escuela frente al celular
Durante buena parte de los últimos años, hablar de la política latinoamericana significaba hablar de una nueva “marea rosa”. México, Brasil, Colombia, Chile, Argentina, Bolivia y Honduras, entre otros países, llegaron a tener gobiernos identificados con distintas expresiones de la izquierda. Parecía configurarse nuevamente un ciclo progresista regional.
Hoy, esa fotografía ha cambiado.
La derecha ha recuperado espacios importantes y el mapa político latinoamericano comienza a dibujar una geometría distinta. Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia son parte de una tendencia que difícilmente puede explicarse como una simple coincidencia electoral. Sin embargo, afirmar que América Latina “se volvió de derecha” sería apresurado. Lo que estamos presenciando parece ser algo más complejo: el agotamiento de un ciclo político y una modificación de las prioridades del electorado.
La izquierda latinoamericana no ha desaparecido. Conserva gobiernos importantes, capacidad de movilización y una base electoral considerable. Brasil, además, será una pieza fundamental para determinar hacia dónde se inclina el equilibrio regional. Pero es difícil negar que una parte de la izquierda ha perdido el prestigio político y moral con el que llegó al poder.
Durante décadas, buena parte de su legitimidad se construyó desde la oposición: frente a la desigualdad, la corrupción, las élites tradicionales y los abusos del poder. Gobernar modificó esa posición. Una vez en el poder, las promesas tuvieron que enfrentarse con los resultados.
Nicaragua representa quizá la contradicción más extrema. El sandinismo nació de la lucha contra la dictadura de los Somoza. Décadas después, Daniel Ortega ha acumulado más años personalmente al frente del gobierno que Anastasio Somoza García y ha construido, junto con Rosario Murillo, un sistema caracterizado por la concentración del poder y la ausencia de una alternancia política efectiva.
La paradoja resulta difícil de ignorar: un movimiento revolucionario que llegó al poder combatiendo una dictadura terminó reproduciendo algunas de las prácticas de concentración política contra las que originalmente se levantó.
Pero Nicaragua también demuestra por qué las categorías tradicionales comienzan a resultar insuficientes. Definir un gobierno únicamente como de izquierda o de derecha nos dice cada vez menos sobre la naturaleza de su ejercicio del poder.
La nueva geometría latinoamericana necesita por lo menos un segundo eje: democracia y autoritarismo.
No toda la izquierda latinoamericana puede equipararse con Nicaragua, como tampoco todas las derechas pueden colocarse en una misma categoría. Existen izquierdas democráticas y autoritarias, del mismo modo que existen derechas democráticas y proyectos políticos con tendencias personalistas o de concentración del poder. La verdadera discusión regional empieza a desarrollarse simultáneamente sobre ambos ejes.
A ello se suma una transformación de las prioridades sociales. La desigualdad y la redistribución continúan siendo problemas centrales, pero han comenzado a compartir espacio —y en algunos países a cederlo— frente a preocupaciones como la inseguridad, el crimen organizado, la migración, el bajo crecimiento económico y la capacidad del Estado para ofrecer resultados.
En ese escenario, la derecha ha encontrado una palabra políticamente poderosa: eficacia.
Liderazgos muy distintos entre sí han entendido que una parte creciente del electorado latinoamericano demanda gobiernos capaces de producir resultados visibles, particularmente en materia de seguridad y economía. El avance de la derecha puede explicarse, al menos parcialmente, por su capacidad para presentarse como respuesta frente a la frustración acumulada con los gobiernos anteriores.
Sin embargo, ganar una elección gracias al desgaste del adversario es muy distinto a construir una nueva hegemonía política.
La verdadera prueba para la derecha comienza después de llegar al poder. Si los nuevos gobiernos no consiguen reducir la inseguridad, generar crecimiento y mejorar las condiciones de vida, América Latina podría volver a hacer lo que ha hecho repetidamente durante las últimas décadas: castigar al oficialismo y mover nuevamente el péndulo.
Por eso sería prematuro anunciar el comienzo de una “era de la derecha”. Los próximos años probablemente mostrarán una región más inclinada hacia ese lado del espectro político, pero también más fragmentada y menos susceptible de ser explicada mediante grandes bloques ideológicos.
Brasil será una de las grandes pruebas de esta nueva configuración. Por su peso económico, demográfico y diplomático, su evolución política puede modificar significativamente el equilibrio regional. México, por su parte, continuará representando otro de los grandes contrapesos dentro de una América Latina cada vez menos homogénea.
Existe, además, una dimensión internacional que no puede separarse de esta transformación. El cambio político latinoamericano coincide con un momento en el que Estados Unidos busca reafirmar su influencia hemisférica y China se ha convertido ya en un actor económico imposible de ignorar para numerosos países de la región. Las afinidades ideológicas de los nuevos gobiernos pueden modificar las relaciones con Washington, pero los intereses comerciales impedirán que la división internacional sea simplemente una extensión de la división entre izquierda y derecha.
De esta manera, sobre la geometría política interna comienza a trazarse también una geometría geopolítica: izquierda y derecha; democracia y autoritarismo; cercanía con Washington y búsqueda de autonomía mediante relaciones con otras potencias.
El panorama latinoamericano de los próximos años se decidirá en la intersección de esas líneas.
La izquierda tendrá que demostrar si puede renovar su propuesta y recuperar parte del prestigio perdido. La derecha tendrá que demostrar que la eficacia que promete puede traducirse en resultados sin sacrificar las instituciones democráticas. Y ambas tendrán que gobernar sociedades cada vez menos dispuestas a esperar indefinidamente por esos resultados.
América Latina no parece estar entrando simplemente en un nuevo ciclo de derecha después de uno de izquierda. Está entrando en una etapa más compleja, en la que las antiguas etiquetas explican cada vez menos por sí solas.
El péndulo continúa moviéndose, pero ya no lo hace sobre una sola línea.
La nueva disputa latinoamericana no será únicamente por saber quién ocupa la izquierda o la derecha del mapa, sino por quién consigue definir su nueva geometría política.




