La importancia de lo incomprensible
Cada reforma electoral en México se vende como cirugía mayor y se cobra como si fuera operación a corazón abierto. Pero el paciente —la democracia— rara vez sale mejor: sólo cambia de dueño el bisturí.
No nos debería de sorprender. Aquí las reglas electorales no han sido únicamente un manual de procedimientos; han sido, sobre todo, una técnica de poder. Se reforma para abrir puertas, sí, pero también para decidir quién entra, por cuál pasillo, con qué credenciales y bajo qué vigilancia. ¿Reformamos para mejorar la competencia o para administrar la pluralidad como quien raciona el oxígeno en un cuarto de hospital?
La reforma política de 1977, la LOPPE, es un ejemplo de ello. Nació con una promesa: despresurizar un régimen que venía ahogado en la violencia política y de la “guerra sucia”, y encauzar —o domesticar, según el cristal con que se mire— a la izquierda por la vía institucional. Fue una apuesta: mejor votos que balas; mejor tribunas que clandestinidad. ¿Funcionó? En parte sí: abrió rendijas para la oposición y convirtió la protesta en representación. Pero también inauguró una tradición: integrar al disenso no sólo para reconocerlo, sino también para hacerlo gobernable.
Casi medio siglo después, otra reforma electoral se asoma con un discurso de austeridad: “austeridad republicana” para la democracia. Disminuir plurinominales; permitir que esos candidatos hagan campaña; recortar el costo del INE y el financiamiento a partidos; fortalecer la “democracia participativa”; centralizar más en el INE y reducir —o extinguir— la autonomía de los OPLEs. Una lista que suena a eficiencia administrativa… y huele a reconfiguración política.
Reflexionemos sin solemnidad: Los plurinominales nacieron para que la aritmética no aplastara a las minorías. Son imperfectos, sí; pero su defecto principal es que permiten que existan voces que no ganan distritos. ¿Ese es el “gasto” que se quiere eliminar? Solo hay que que mirar la historia y ver que la derecha tambien ha sido clandestina y armada…cuando se entrecierran las rendijas del sistema.
Recortar recursos al INE y a los partidos políticos suena popular y necesario: ¿Nadie en su sano juicio defendería lo contrario? Pero, y si el dinero público baja, ¿subirá el dinero privado, el opaco, el que no rinde cuentas? Pero eso ya sucede ¿Oh no?
La reforma electoral que se anuncia, por ahora, no tiene los números para nacer completa. Le faltan votos, y cuando faltan votos suele sobrar “aritmética” “calculo político”: negociaciones inconfesables, acuerdos que se justifican como política que se cocinan en la opacidad, en la oscuridad. De esta manera, lo que se promete como transformación puede terminar en una reforma electoral deslactosada: un avance, sí, pero muy por debajo de sus alcances proclamados.
Pero hay un silencio más revelador que me inquieta: ni siquiera asoma la figura de candidaturas ciudadanas, fuera de la lógica de los partidos. Si la obsesión es recortar plurinominales, ¿por qué no convertir parte de ese espacio en representación ciudadana real, con reglas claras, fiscalización estricta y autonomía política? Tal vez porque una ciudadanía que no obedece es más cara que cualquier INE.
Boris González.




