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MONTERREY, NL., 27 de octubre de 2025.- Tanto la brujería como la hechicería son tan antiguas como la humanidad, así lo aseguró Moisés Alberto Saldaña Martínez, doctor en Filosofía con acentuación en Estudios de la Cultura.
El también profesor de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL), explicó que, de acuerdo con la terminología cristiana, la brujería es aquella práctica que se lleva a cabo con el respaldo del diablo o del demonio.
“En la terminología cristiana se define a la brujería generalmente como el recurso acierto de prácticas mágicas, conjuros, hechizos, etcétera, pero con el respaldo, con el apoyo, del diablo o del demonio”, detalló.
Lo que diferencia a la hechicería de la brujería es que, la primera, es una práctica más “supersticiosa”, por ejemplo, “si usas un vaso de agua, si usas tal hierba, si haces esto o lo otro”, pues se cree en una especie de energía o poder que no se puede ver o establecer de manera física.
“Cuando se cree que hay, digamos, espíritus malignos o demonios, etcétera, que son los que le dan eficacia a estas fórmulas, entonces se habla de brujería”, precisó el académico, aclarando las distinciones.
“Prácticas de antiguos chamanes podrían ser juzgadas un tanto como hechicería, aunque recurrían a espíritus para estas prácticas, entonces tendrían también esta dimensión de brujería”.
Culturas antiguas como los romanos o los pueblos germánicos solían perseguir a la brujería, pues la consideraban contraria a sus creencias religiosas. Pese a que el cristianismo inicialmente también lo hacía, en el año 785, en Paderborn, en la actual Alemania, se realizó un concilio el cual estableció que creer en la brujería era una superstición; se pensaba que era un vestigio de las antiguas culturas paganas.
“De hecho, se condena a los cazadores de brujas que había en esa época”, al considerarse no más que una superstición.
Si bien, aquella perspectiva permaneció por siglos, cambió cuando a principios del Siglo XIV, alrededor de 1320, al Papa Juan XXII lo intentó asesinar un Obispo mediante amuletos, pociones y rituales. Con base en ello, emitió la bula Super illius specula, la cual representó un paso crucial en la justificación teológica de la persecución de la brujería por parte de la Inquisición.
“Probablemente este hecho convenció a este Papa de que la brujería sí era un peligro”, por lo que a partir de aquel momento se pensó, nuevamente, que la brujería podría tener eficacia si había intervención del diablo o del demonio.
Es así como se dio paulatinamente la denominada Caza de Brujas. En la Inquisición el delito principal consistía en tener creencias contrarias a lo que la Iglesia Católica determinaba como la doctrina correcta.
A mediados del Siglo XV, el Papa Inocencio VIII, habilitó la persecución contra las brujas al mandar elaborar un manual conocido como Malleus Maleficarum. El documento establecía qué era la brujería y cuál era la asociación de la brujería con las mujeres, entre ello:
Tres vicios generales parecen tener un especial dominio sobre las malas mujeres, a saber:
Por lo tanto, se inclinan más que otras a la brujería, las que, más que otras, se entregan a estos vicios.
Una vez promulgado el Malleus Maleficarum, también conocido como El Martillo de las Brujas, se formalizó la brujería tanto en el mundo católico como en el mundo protestante.
“Lamentablemente no hay una cifra precisa (de cuántas personas perdieron la vida a causa de la Caza de Brujas), pero sí, no sería aventurado señalar que podrían haber sido algunas decenas de miles de personas, en su mayoría mujeres. Aunque en momentos de histeria y persecución hacia la brujería, agarraron parejo”.
A mediados de Siglo XVIII, “sin que nadie se tomara la molestia de decretar: ‘ya no se van a perseguir brujas’ o ‘ya no va a ser digno de creer en brujas’”, la práctica simplemente cayó en desuso.
El doctor Saldaña Martínez explicó que se puede establecer una correlación entre las grandes persecuciones contra la brujería y algún tipo de problema de otra índole, por ejemplo, epidemias, guerra, problemas climáticos que generaban heladas o sequías, lo cual derivaba en pérdida de cosechas, que a su vez provocaba hambruna.
“Generalmente hay una correlación entre este tipo de problemáticas que generaban angustia, paranoia colectiva y las persecuciones de brujería”, en ese sentido uno de los ingredientes es la histeria colectiva, de acuerdo con el docente de la UANL.
Saldaña Martínez expuso que, si bien, algunos de los testimonios podían ser chismes o eran obtenidos bajo tortura, otros sí hablan de que existían personas que llevan a cabo estas prácticas, aunque más relacionadas con el esoterismo o realización de brebajes.
“Lo cierto es que en muchos casos eran producto de la histeria colectiva, de chismes, de envidias. A veces, la causa de todo era un problema social: ‘¿cómo puedo perjudicar a mi vecina que me cae tan mal? Bueno, pues la voy a acusar de esto’”.
El académico contó que entre 1626 y 1630, en el Principado-Obispado de Bamberg del Sacro Imperio Romano, actualmente Alemania, se desató una persecución de brujería que calificó como “muy densa”.
El procedimiento de la persecución consistía en primero arrestar a un sospechoso, posteriormente, torturarlo y así obligarlo a delatar a supuestos cómplices.
“Se arrestaba a esas personas (a las que eran aparentemente los cómplices) y a esas personas, a su vez, se les torturaba para que delataran más cómplices y se hacía una cadenita, se hacía un efecto dominó”, describió.
En el Principado habitaban alrededor de 10 mil personas, sin embargo, en el transcurso de aquellos cuatro años, se acabó con aproximadamente el 10 por ciento de la población, incluyendo al Alcalde.
“Existe un testimonio de él (del Alcalde), que lo escribía en la cárcel, muy mal escrito. Tan mal escrito en cuestión de su letra. ¿Por qué lo escribía así? Porque parte de la tortura era destrozarle los dedos”.
Tan fue así la persecución que el propio emperador requirió intervenir para que cesara.
Aunque la cacería a la brujería o a la hechicería arribaron a la Nueva España, Saldaña Martínez señaló que no fue igual a la de Europa.
El profesor de la Facultad de Filosofía y Letras indicó que la Inquisición novohispana se orientó mucho más a perseguir a los cristojudíos también llamados conversos, es decir, a las personas que se habían convertido por la fuerza al cristianismo, pero que de manera clandestina continuaban practicando sus creencias. Asimismo, se perseguía a personas que se entrometieran en el terreno y que a la vez fueran protestantes, por ejemplo, a los piratas.
Además, en la Nueva España solo existía el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, en Ciudad de México, para juzgar la brujería y los delitos de fe.
“Lo cierto es que la Inquisición en la Nueva España solo tenía un tribunal formal en la Ciudad de México, solo ahí estaba un tribunal formal. En todo el resto de la Nueva España había contarios, familiares, es decir, digamos, representantes, investigadores, representantes de la Inquisición”, dio a conocer.
“Eso hacía que los procesos fueran lentos y muchas veces un tanto condescendientes”, los casos, dijo, no prosperaban, no se les daba continuidad.
La brujería o la hechicería eran la persistencia de viejas prácticas tradicionales de la comunidad indígena; si invocaban a sus dioses, para los españoles podía considerarse brujería.
“Alrededor de 1530, el primer Obispo de México, Fray Juan de Zumárraga, mandó ejecutar a un cacique indígena de esa época”, esto por mantener sus tradiciones, lo que causó en palabras de Saldaña Martínez “un gran escándalo”. El acto ameritó una respuesta de España, por medio de la cual regañaban al Obispo, objetando que no se podía juzgar a personas que apenas se convertían al cristianismo.
Puesto que a los indígenas se les consideró conversos, no podían ser juzgados igual que los demás, es por ello que el doctor explicó que aunque sí hubo procesos en la Nueva España por brujería, se excluía a los indígenas, mulatos o personas africanas.
De acuerdo con el especialista, se registraron casos de brujería en distintas regiones del país, entre ellas, Coahuila, Querétaro, Hidalgo, Zacatecas, Jalisco, Oaxaca y Estado de México.
“Sí hubo algunos casos en diferentes regiones del país, pero hasta donde yo sé, no se puede establecer una región en específico que digamos ‘ese era el centro donde más había casos’”.
A finales del Siglo XVII, existió una mujer en Querétaro, de nombre Josefa Ramos, a quien le decían La Chuparratones. Tras acusarla de practicar brujería, le confiscaron sus bienes, la desterraron de la ciudad, la acusaron públicamente y sufrió castigos, aunque no fue ejecutada.
“Entre los casos que menciona mi colega Alan Caballero, de Coahuila, hay un caso un tanto interesante por cómo se desató, originalmente. Dos mujeres, una llamada Jerónima de Sotomayor y otra llamada María de Voz Mediano, que eran madre e hija, participaron en la ejecución del padre y el esposo de ésta”, contó Saldaña Martínez.
Ellas alegaron que el hombre había sido infiel a su esposa y que trataba mal a ambas, por lo que prefirieron acabar con su vida.
“Pero sale a colación que supuestamente había habido otra mujer, que tenía fama de bruja y de partera, y entonces ella (…) le hace una serie de brebajes para poder quedarse con el marido, porque él la estaba engañando con ella”, de acuerdo con los testimonios.
El académico señaló como interesante que, a pesar de los muchos testimonios, algunos de los cuales acusaban a la supuesta bruja incluso de haber asesinado a un bebé, el hecho parece no haber pasado a mayores.
Según estimaciones, los casos de brujería en la Nueva España fueron 189, aunque posiblemente no se consideren casos más remotos o retirados.




