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MONTERREY, NL., 1 de noviembre de 2026.- El pan de muerto es uno de los alimentos más representativos del Día de Muertos en México. Su aroma, textura y sabor forman parte de una tradición que reúne a las familias y honra la memoria de sus seres queridos.
Su historia está vinculada con la transformación de antiguas costumbres prehispánicas y las tradiciones introducidas durante la época colonial, que dieron origen a distintas expresiones culturales y gastronómicas.
Antes de la llegada de los españoles, algunos pueblos elaboraban figuras ceremoniales con ingredientes como amaranto y miel, utilizadas en rituales relacionados con sus creencias sobre la vida y la muerte.
Con el paso del tiempo, estas prácticas se transformaron y se combinaron con nuevas costumbres, hasta consolidar las celebraciones y los alimentos que actualmente forman parte de las ofrendas.
La forma tradicional del pan de muerto también tiene un significado simbólico. De acuerdo con especialistas gastronómicos, su figura redonda representa el ciclo de la vida y la muerte; las tiras de masa aluden a los huesos o las lágrimas, mientras que la esfera central simboliza el cráneo.
Aunque la versión cubierta de azúcar es una de las más conocidas, existen variedades regionales que reflejan la diversidad cultural del país. En la Ciudad de México y otros estados destaca la hojaldra, el pan con ajonjolí, azúcar de colores, cruces y figuras de mariposas.
Estas diferencias muestran cómo cada comunidad adapta la tradición de acuerdo con sus costumbres y creencias, manteniendo vivo el significado de recordar a quienes han fallecido.
La celebración indígena del Día de Muertos fue reconocida por la UNESCO en 2003 y posteriormente inscrita, en 2008, en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En este contexto, el pan de muerto continúa siendo un símbolo de identidad, memoria y convivencia familiar en México.
